Hora uno. Barco. Un café. Algo de niebla. Charlas sobre la economía mundial y las aventuras de mi padre. Pisamos tierra firme. Subimos al auto. Todo lo que tengo en este universo es una ventana. Miro.
Hora dos. Ruta. El terreno es irregular. Diversas tonalidades de un mismo verde. Pasto verde, para caminar descalzo, enderezarse, relajar. Hay ranchos, pintados de muchos colores cálidos. Las vacas pastorean de manera curiosa, todas hacen lo mismo al mismo tiempo. Una bebe, todas beben. Una duerme, todas duermen. Una está, todas están. Todas están adaptadas a la irregularidad del terreno. Leo carteles. Me atrapan los nombres de los pueblos: Villa Serena, Bella Unión, luego un aviso de ruta insistente, Retorno. Entonces retorno al objeto del universo, la ventana. La abro, para renovar el aire. Plantaciones de oliva entran en mí mirar. El día, plomizo, combina con los árboles secos. Mi padre, hablando de tangos, me pregunta si aún bailo. Sí, contesto, pensando si es que existe en las horas de la vida un momento para dejar de hacerlo. Vuelvo a los corrales: cabritos, caballos, terneros, patos. Una eternidad de campo amarillo y nubes bajas de sur a norte, subiendo. Estamos subiendo. Son las dos menos veinte. Comida, a 35 kilómetros.
Hora tres. Parador y almuerzo. Un mozo quiere que comamos mucho. No queremos. Insiste, como el Retorno. La cajera quiere escuchar un cd de música de películas y lo pide a gritos. Que aprietes el play, responde el mozo. Lo hace. La cajera escucha la canción de Reto al Destino. Comemos chivito. Detrás de nosotros un padre almuerza con sus dos hijas adolescentes e intenta convencerlas de algo extraño. Les dice “hay estudios que comprueban que el alma tiene un peso específico”. Las chicas se miran y discuten entre ellas la afirmación del padre. No te creemos, le dicen. El padre, insiste, como el mozo, como el retorno. Tenemos que hablar sobre esto, tenemos que hablar sobre el peso del alma, dice. Las chicas se miran y conversan sobre el peso del alma del tipo de alma que ellas creen que es el alma, pero que de ninguna manera es el peso del alma del alma del padre. Pedimos la cuenta. La cajera escucha la canción de Titanic.
Hora cuatro.Lluvia en la ruta, rutas del este. En el puerto, un bar, “El perro que fuma”. Un cartel dice “no pasar”. Otro, “Acceso yacaré”. En la ciudad vieja, una película: Whisky. La arena, ultra fina, vuela, y retorno a la ventana abierta. Hay tormenta, ya en el mar, vienen llegando los camalotes. Los pájaros esperan para devorarlos en la orilla. Vuelven a mí mirar los nombres y los carteles: San Grila, Lagomar, Agua para el mate. Mi padre, hablando de otras yerbas, me pregunta si aún cebo. Sí, contesto, pensando si es que existe en las horas de la vida un momento para dejar de hacerlo. Vuelvo a la ventana, el universo. Una eternidad de aromas que se mezclan, de sur a norte, bajando. Estamos bajando a cargar agua para mate. Son las seis menos veinte, atardece.
s.g.