martes 30 de diciembre de 2008

Esenciales de fin de año



El: ¿Qué hay de comer esta noche?
Ella: Esencia de Opium.
El: No me gusta.
Ella: Lo lamento.
El: ¿Y de beber?
Ella: Opium de la esencia.
El: Lo detesto.
Ella: Lo lamento.
El: ¿Y de postre?
Ella: Esencia de Opium esencial.
El: Me disgusta.
Ella: Es lo que hay.
El: Lo siento.
Ella: Esencia de Opium, es todo lo que pude comprar.
El: Lo lamento.
Ella:¿Algo más?
El: No.
Ella: Bueno.

domingo 21 de diciembre de 2008

Ants,antes,antenas

martes 9 de diciembre de 2008

Soy ecosofista

Tomé esta fotografía en el 2004, sabiendo que en el 2004 y un día se convertiría en una declaración de principios. Lo digo: Soy Ecosofista, busco la naturaleza que nace en medio de la destrucción, el abandono, el caos. Me gustan las enredaderas, no me enredo. Con esta verdad, Contame un Cuentito inaugura la sección NO ES CUENTO, que tendrá como objetivo principal -pero no solo- registrar y comentar pequeñas realidades que poco importan. Para conocer el mundo ecosófico recomiendo visitar http://ecosofia.org/2008/09/graffittis_verdes.html y http://www.environmentalgraffiti.com o, mejor aún, recorrer ciudades rastreando un color, el verde.
s.g.

jueves 27 de noviembre de 2008

Vueltas

Mil y una vueltas antes de dormir con una lámpara de 40 que titila y amenaza con quemarse, una caja de recuerdos cerrada con un bordadito hecho en el 83´, una taza pintada con un dibujo casero, una calco que no vuela, y la pregunta, ¿cuándo vendrá el sueño a calmar el cuerpo esta vez?
Mil y una vueltas en la cama, edredones simpáticos, texturados, esos que cuentan su propia historia, monologan, monologan, monologan. Y dicen mucho ya sé. Yo, sin ya sés, estoy antes de dormir, observando la titilación amenazante de un mosquito que da vueltas y vueltas, mil y una antes de picarme. Texturada le digo “cuando te decidas, mosquito, voy a posar mi palma en tu estructura y voy a aplastarte”. El dice, “ya sé”.
Mil y una vueltas que pasan por el cuerpo, calcadas, y del cuerpo al deseo de dormir y el deseo da mil y una vueltas antes de que llegue el sueño, dormirse como el cuerpo y como yo en el 83´, cuando fui una lámpara de 40 iluminando un monólogo.



Sg.

lunes 17 de noviembre de 2008

Miro

Hora uno. Barco. Un café. Algo de niebla. Charlas sobre la economía mundial y las aventuras de mi padre. Pisamos tierra firme. Subimos al auto. Todo lo que tengo en este universo es una ventana. Miro.

Hora dos. Ruta. El terreno es irregular. Diversas tonalidades de un mismo verde. Pasto verde, para caminar descalzo, enderezarse, relajar. Hay ranchos, pintados de muchos colores cálidos. Las vacas pastorean de manera curiosa, todas hacen lo mismo al mismo tiempo. Una bebe, todas beben. Una duerme, todas duermen. Una está, todas están. Todas están adaptadas a la irregularidad del terreno. Leo carteles. Me atrapan los nombres de los pueblos: Villa Serena, Bella Unión, luego un aviso de ruta insistente, Retorno. Entonces retorno al objeto del universo, la ventana. La abro, para renovar el aire. Plantaciones de oliva entran en mí mirar. El día, plomizo, combina con los árboles secos. Mi padre, hablando de tangos, me pregunta si aún bailo. Sí, contesto, pensando si es que existe en las horas de la vida un momento para dejar de hacerlo. Vuelvo a los corrales: cabritos, caballos, terneros, patos. Una eternidad de campo amarillo y nubes bajas de sur a norte, subiendo. Estamos subiendo. Son las dos menos veinte. Comida, a 35 kilómetros.
Hora tres. Parador y almuerzo. Un mozo quiere que comamos mucho. No queremos. Insiste, como el Retorno. La cajera quiere escuchar un cd de música de películas y lo pide a gritos. Que aprietes el play, responde el mozo. Lo hace. La cajera escucha la canción de Reto al Destino. Comemos chivito. Detrás de nosotros un padre almuerza con sus dos hijas adolescentes e intenta convencerlas de algo extraño. Les dice “hay estudios que comprueban que el alma tiene un peso específico”. Las chicas se miran y discuten entre ellas la afirmación del padre. No te creemos, le dicen. El padre, insiste, como el mozo, como el retorno. Tenemos que hablar sobre esto, tenemos que hablar sobre el peso del alma, dice. Las chicas se miran y conversan sobre el peso del alma del tipo de alma que ellas creen que es el alma, pero que de ninguna manera es el peso del alma del alma del padre. Pedimos la cuenta. La cajera escucha la canción de Titanic.
Hora cuatro.Lluvia en la ruta, rutas del este. En el puerto, un bar, “El perro que fuma”. Un cartel dice “no pasar”. Otro, “Acceso yacaré”. En la ciudad vieja, una película: Whisky. La arena, ultra fina, vuela, y retorno a la ventana abierta. Hay tormenta, ya en el mar, vienen llegando los camalotes. Los pájaros esperan para devorarlos en la orilla. Vuelven a mí mirar los nombres y los carteles: San Grila, Lagomar, Agua para el mate. Mi padre, hablando de otras yerbas, me pregunta si aún cebo. Sí, contesto, pensando si es que existe en las horas de la vida un momento para dejar de hacerlo. Vuelvo a la ventana, el universo. Una eternidad de aromas que se mezclan, de sur a norte, bajando. Estamos bajando a cargar agua para mate. Son las seis menos veinte, atardece.
s.g.